El reino del nunca nunca

Pura certeza, eras. Puro presente.

Sin pedirme permiso y adelantándote, tomaste mi hombro por asalto. Como siempre que la urgencia te ganaba, aquél veloz rapto por convencerte de que el tiempo era nuestro.

Hacia el ojo de la cámara miraste con tu invencible amuleto. Me guiaste con sorpresa. Te seguí. No dijiste una sola cosa.

Una sola cosa.

Siempre hablaban por vos, siempre hacían sonoras las voces que no acataban el revoloteo de tu lengua. Siempre tus ojos, esos abismos en espiral, esas cuencas de greda.

Es mi turno en el diálogo y voy a decirte algo:

es cierto que cuando tu paso atraviesa el umbral,

el aire no es más que una mano que despierta para recoger tu eco;

es cierto que te basta permanecer para detener el giro de este cuerpo celeste;

pero otra cosa es cierta, también:

hacia el abismo que cavan tus incisivos de ébano,

lo que encuentro no es el parpadeo preciso de la máquina

ni el paso indiferente de una cinta sin memoria;

no encuentro el grito de una mujer que se ha olvidado a sí misma

ni la paz de quien ha superado el miedo a perder;

no quedan allí fragmentos de sombra o recuerdos color de ceniza;

no es otro sino yo quien vibra con trémula calma, encaramado aunque cautivo, a la espera de una ofrenda de futuro que permita al anhelo convertirse en verdad.

Guillermo Imsteyf