Bitácora de Guillermo Imsteyf

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#4 Fitzcarraldo
(1982) Werner Herzog.

/ Un emprendedor alemán instalado en la selva peruana a principios de siglo, sueña con llevar allí la Ópera.
+ Visualmente bella y exhuberante. Sutilmente surrealista. Un drama épico adorable.
* Hace unos meses me obsequiaron el diario de filmación de la película, gracias a lo cual supe de ella. Su muy adecuado subtítulo es "La conquista de lo inútil".

#3 Audrey Rose
(1977) Robert Wise.
Novela original y guión de Frank de Felitta

/ Una niña fallece en un accidente. Otra nace el mismo día. Ambas podrían ser la misma.
+ La textura '70s le va excelente. No es una película de terror. Es peor (o sea mejor) que eso.
* Unos años atrás descubrí el libro, hace pocos días supe que había un film. Fiel traspaso del uno al otro.

#2 A serious man
(2009) Ethan Coen & Joel Coen.

/ La vida de una familia judía tipo en EEUU algunas décadas atrás, con la figura del padre como hilo conductor.
+ La fotografía y el diseño de arte: ocres finales de los años 60.
- Un drama y una tesitura que, a mí, me dejaron afuera.

#1 New York, I love you
(2009) Varios directores.

/ Varias historias sobre relaciones humanas, con la ciudad de NY como escenario y leit motiv.
+ La fotografía: de noche, de día, colorida, contrastada. Adecuada. Linda.
- (Casi) Todo le sucede a lindos y jóvenes.
* Me la recomendó mi amigo Jo, justamente por su fotografía.

No es un ránking.
Es un recorrido por las próximas 365 películas que veré, a partir de ahora.
Nuevas, viejas, pendientes, recomendadas por amigos o halladas por azar.
En cine, en DVD, en TV.
Condición: verlas de principio a fin.

Una especie de mapa de mi consumo audiovisual futuro inmediato.

Un año, pero de películas. A ver cuánto me lleva y cómo me va.

anécdota ensayo sobre las expectativas en el uso de las palabras

Ella decidió pasar conmigo la antevíspera de su cumpleaños. A causa de mi invitación, eso es cierto. Le propuse merendar y nos fuimos a un sitio que ella sugirió tras hacerme escalar a las corridas los peldaños de un colectivo. Luego nos sumergimos en un cine y allí dentro cruzamos la línea de la medianoche. Cuando salimos, entonces era la antevíspera. Cenamos en una esquina, al aire libre, hablamos de fantasmas y sombras que se aparecen a los pies de la cama. Nos despedimos después de tomar un taxi y compartir un tramo de camino, nos separamos en su puerta. Ya clareaba la mañana.

Semanas después, en un plan similar a aquél que comenzó en merienda y a una hora similar a aquella en la que cenábamos en la esquina, ella deslizó la ubicación calendaria de su cumpleaños. Así supe que aquella primera noche que había decidido pasar conmigo había sido la antevíspera.

Me sorprendí. No sabía si reprocharle no habérmelo dicho o si sólo dejarme conmover por aquél gesto guardado en secreto. Me dijo que no había por qué mencionarlo entonces, no había razón por la cual festejar, veintiocho, dijo, otro año de fracaso.
Sorprendido en falsa escuadra, me apuré a morder algunas palabras torpes, de gentil intención pero tontas. Yo podía considerar a la mía como una vida de fracasos, también. De hecho, en cercanía a esas fechas conmemorativas, esa palabra, fracaso, merodea como un buitre.

Podía identificarme, podía contradecirla y alentarla, podía maullar sílabas golosas, pero cualquiera fuera lo que batiera, lo que sentí fue algo así como enojo.

Un enojo que no podía encauzar en ese momento, pero que lograba manifestarse bajo mi epidermis como una picazón, una alarma, una advertencia: vas a tener que procesar esto después.

En efecto, después de las palabras bobas, del aliento inconsistente, del remedo episcopal; después de subirnos otra vez a un taxi y separarnos en la esquina de su casa, durante uno de esos silencios donde me hablo en voz alta, pude oír lo que me enojaba:

Haber ennegrecido una noche fantástica, eso es, haber convertido una noche fantástica en una noche mundana, egoísta, gris. Haber elegido como epílogo ese sorpresivo manto de pesadumbre con el que asfixió de pronto las sonrisas y el helado. Eso. Pero no por su franqueza, claro que no, ni por elegirme cuenco para su dolor. Sino por haber impedido que la abrazara, porque cuando la toqué detuvo su paso con una excusa sonsa y agria, y me dejó solo. Por haber descripto con su amargura un círculo, y haberme centrifugado hacia el desdén. Su falta de piedad. Porque en ese año de fracaso era que me había conocido. Yo sé que se refería a otras cosas, pero pudo haberlo mencionado o tenido en cuenta para menguar el impacto, para hacer un poco tierna su tristeza. Para hacerla, en definitiva, compartida. Porque sino ¿para qué escupirla?.

Nos separamos. La madrugada olía a un adiós impronunciado.

Pero dos días después me envió un sms.

Es una siesta silenciosa, lenta y larga. Posee toda la apariencia de una tarde, pero es una siesta. De tanto en tanto irrita el aire el gozne de una canilla y luego el agua contra el acero, o pasos en el extremo lejano del corredor; ahora el gemido del lavarropas, la tos corta y contenida en la garganta del gato que duerme a mi lado asumiendo tras cada rezongo una nueva postura estrafalaria.

La claridad ha de ser agobiante sobre las calles pero aquí dentro se está bien. Tengo los pies desnudos y frescos, hasta podría decir que un poco fríos.

Mi retazo de cielo tiene forma de rectángulo y está partido a la mitad por el marco interior de las hojas de la puerta ventana.

Hoy el cielo tiene el color con el que lo visten en revistas para niños. Es color celeste. Celeste cielo.

Un colibrí azul de vidrio liviano, y que para mí parece un delfín, pende del límite de un atrapasueños que canta toda vez que alguien encara hacia el patio y enfrenta aquél peculiar desfile de chimeneas.

Han venido a decirme, otra vez, que no hay vuelta atrás. Otra vez. Que no hay nada que hacer. Textuales palabras, tres, cuatro veces. Como si en cada repetición quien lo dice también quisiese abofetearse. Y que ahora le ha regresado la fiebre.

Estas palabras, ejecutadas con la panza y en el centro del espiral de esta siesta eterna, le confieren al tiempo volumen y lo cambian de lugar. Sí, al tiempo, estas palabras, le ha regresado la fiebre y ya no le cesará, lo cambian de lugar, lo llevan a otra parte, le restan una dimensión y lo hacen caer en esta, la dimensión de las formas. El tiempo pasa a tener ancho y largo. Es rectangular, para mí, como el retazo de cielo. Oblongo. Con el ancho suficiente para que uno pueda ver hacia los costados y comprender, mejor dicho amontonar, las cosas que lo rodean. Como por ejemplo a mí, en este tramo, un colibrí que parece delfín, el sonido del agua contra el acero y un gato estrafalario.

Pero no es por ello que esta ocasión resulta peculiar, pues el tiempo suele adquirir formas para representarse ante nuestro espíritu. Tiene especial habilidad para disfrazarse de cuesta o pendiente, según angustia o ansiedad dominen nuestra suma de días o de noches. El tiempo puede ser una cuesta, si uno quisiera que algo sucediese rápidamente, y puede convertirse en pendiente, resbaladiza, cuando uno pretende aferrarse a un momento precioso.

Pero lo curioso y definitivo de este tiempo, rectangular, mucho más largo que ancho, es que no corre ni más ni menos rápido, no se inclina. Permanece horizontal como una plancha, impúdico, indiferente y distraído. Como siempre. Sólo la siesta parece inacabable, pero lo cierto es que si miro el reloj me enteraré de que son casi las seis y este pedazo de día que parece siesta es en realidad una joven y luminosa tarde.

Que luego será ocaso y más adelante noche, y las horas sucederán rodando, ni más veloces ni más perezosas, sólo rodando, como alentadas por un viento aunque obstinado, sutil; por completo ajeno, feliz y tristemente, a la fiebre como a los colibríes.

Foto: Off beat mum

Cuando todavía tenía un pie puesto en la infancia pero ya había adelantado el otro sobre la adolescencia, una señora que anduvo por mi colegio detectó mi miopía. A partir de ahí supe que veía mal. Tras una serie de doctores y recetas, sobrevinieron los anteojos. Gordos, pesados, reemplazados luego por las prodigiosas lentes blandas. Adminículos todos ellos que sin embargo no lograron disolver el estigma del miope: para mí, el mundo alrededor es una nebulosa, una sola misma con fronteras difusas.

Claro que mi desconfianza me impide considerar a la miopía como la razón de la distancia que sostengo con el mundo perceptible. Mi relación con la realidad es de recelo, nada parece estar verdaderamente puesto allí delante y eso se explica si, para mí, las cosas son como fantasmas y se presentan con la misma nitidez que en los sueños.

Es en este punto donde las palabras abordan la nave de la realidad, pues resulta más probable que en vez de cosas yo vea palabras. Como no puedo terminar de configurar el objeto que se presenta delante de mí, me inclino a articular la palabra que se le asigna. Muchas veces el número de cosas supera al abanico de palabras, es allí donde debo agudizar el ingenio. En caso de no hallar una palabra adecuada, ese pedacito indescifrable de realidad permanece en mi percepción o mi memoria como un símbolo, una mancha de color, una ameba.

Hasta aquí el problema es casi simpático, la verdadera complicación surge cuando no son cosas sino personas las que se me presentan, porque con ellas me sucede exactamente lo mismo. Y no es lo mismo. Nunca termino de ver a las personas, nunca termino de darme cuenta de si están allí, si las estoy soñando o si estoy transitando un pedazo viejo de camino y ellas son un eco en mi habitación, un déjà vu.

Eso es grave. Y es grave porque sabido es que las personas necesitan de la realidad más que de los símbolos; en la rutina y en su fuero más íntimo desean aferrarse a algo que huela, que sea táctil, visible. Esa asincronía dificulta considerablemente cualquier conexión. Los abrazos me salen rotos, por ejemplo, y la mirada furiosa o en zigzag. Las personas son, entonces, cruces de verticales y horizontales entre definiciones confusas y monosílabos anacrónicos, un enigma que perdura, incompleto, en la última página del diario.
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* There is fiction in the space between you and reality.
["Telling stories", Tracy Chapman.]

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Soy Guillermo Imsteyf. Escribo, como para decir algo.

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