Foto: Off beat mum
6 de mayo de 2009
Palabras como barreras
Foto: Off beat mum
10 de diciembre de 2008
Palabras con sobrepeso
Sin duda existen palabras cuyo significado supera en volumen al propio recipiente.
Quisiera evitar subirme al análisis semiótico porque termina dejándome en una parada muy lejos de casa pero, sintetizando y como ya he manifestado en este mismo espacio: para mí la palabra es una caja. El contenido de esa caja es el significado.
Entonces, lo que digo es que a menudo el contenido supera las dimensiones de la caja. El cartón empieza a engordar, a hincharse, a resquebrajarse, hasta que desborda. El resultado puede ser un enchastre de lágrimas, de poesía, de locura.
Una palabra que resulta paradigma de esta teoría es “adiós”.
Este aparentemente inofensivo quinteto de fonemas constituye un verdadero desafío a la hora de batir la lengua. Pareciera que la campanilla se rebelara ante la posibilidad de oxigenarla y la garganta la retiene en su vientre a tal punto que el aire que la palabra transporta inicia una carrera desesperada hacia el hoyo más cercano, que suelen ser los ojos o la nariz...
“Adiós” admira de soslayo la virtud de la libertina “hola”, que sale y se pasea a cada hora, coquetea con idéntica licencia en supermercados como en chats, en largas disertaciones como en romances furtivos.
“Hola” es facilísima. Pero quien quiera “adiós”, que le cueste.
En “adiós” confluyen sensaciones y elucubraciones tan dispersas como comprometidas, análisis, tristezas, suposiciones, y hay poca boca que aguante. Articular un “adiós” produce dolor de panza, hincha la vista, atora el garguero.
A veces parece mejor dejarla adentro, ni siquiera pensar en ella. El problema es que “adiós” asoma su nariz una y otra vez, al otro lado del cristal en las estaciones de ómnibus o en las salas de espera, en un abrazo, o en una llamada que no se sabe que es la última.
“Adiós” se queda en la calle opuesta a la voz, en la dimensión subvocal del pensamiento y destrabarla requiere habilidad de prestidigitador. Así es como la mayoría de las veces, cuando el “adiós” soporta la sentencia de lo definitivo, las personas prefieren desterrarla a la ignominia, masticarla para sí en algún rincón poco iluminado del alma y aguardar a que sea el tiempo quien, en silencio, se atreva a pronunciarla.
Este texto se acompaña mejor con "En remolinos" de Soda Stereo >>>
2 de diciembre de 2008
Palabras como números (2da. parte)
Para mí, sin querer, las palabras son como números.
Estoy genéticamente imposibilitado para despejar la “x” en una ecuación y sin darme cuenta concibo al lenguaje como un terreno donde batir mi revancha personal contra las matemáticas. Pero, cuando me largo a tejer palabras, me aventuro a un punto tan complicado que me enredo. Quiero tal precisión que finalmente arrojo palabras como si fuesen resultados o, mejor aún, como si fuesen movidas de ajedrez.
Las arrojo babeadas de raciocinio, desmenuzadas, profundas, agobiadas. Por eso admiro a quienes desperdigan palabras con simplicidad, como si fuesen mariposas o flores, olvidan cualquier anclaje con el símbolo, la rima o la métrica y logran emocionar, conmover, comunicar, aún cuando, finalmente y en el lecho de su letra, subyaga la contundencia del lenguaje.
Para mí, entonces, el acto de escribir importa un significativo consumo de energía extendido en una dilatada porción de tiempo, la incursión a un laberinto cuadriculado, exacto, lógico. Y pierdo. Me pierdo. Quiero expresarme con precisión, con la puntería de un arquero olímpico, quiero escribir como dictado por un metrónomo, quiero hallar la palabra exacta para cada cosa y, en ese afán, hilar una oración puede consumir un milenio.
Cuando el agobio me abate incluso antes de desenvainar, es cuando sobrevienen los fractales; esas piezas de surrealismo que brotan a menudo, esos pedazos de sinsentido alegórico que me abren los poros, que me permiten afirmar rápidamente cuestiones complejas y aunque nadie vea en el fractal una certeza ni una verdad desnuda, ellos me dejan respirar por un rato.
Arrojo un fractal y me quedo mirándolo, al derecho y al revés, preguntándome por qué nacen más fractales que textos sensatos, hasta que descubro la parábola vital: el fractal es el fruto prohibido del idilio que una vez se atrevieron a consumar el azar y las matemáticas.
Allí mi revancha.
Este texto se acompaña mejor con “Language” de Suzanne Vega >>>26 de noviembre de 2008
Palabras como números (1era. parte)
Foto: Dailypoetics
Que me gusta escribir, que disfruto hacerlo, que lo necesito, no son sólo afirmaciones que se debaten en mi alma y emergen de mi pensamiento con cierta regularidad, sino que a menudo también son proyecciones que sin querer queriendo y sin decir una palabra, disparo sobre la percepción ajena.
Entonces va siendo tiempo de que me pregunte por qué no escribo más seguido, con mayor disciplina y esmero. Es hora de preguntármelo seriamente e indagar con severidad por la respuesta, porque esto así no puede seguir.
En principio, la producción del texto me provoca ansiedad. Aún cuando tenga los símbolos colocados con mayor o menor orden en mi cabeza, su transferencia al plano del código escrito me angustia un poco, me marea, me estimula en un entusiasmo ensordecedor. Es mucho agua que quiere verterse en un balde demasiado pequeño y no me da tiempo a correrlo de lugar para poner allí un recipiente vacío. El problema es que el agua aquí no representa palabras, sino símbolos, y el símbolo, para convertirse en palabra, ha de recorrer un camino demasiado imbricado.
Por algún motivo, cuando la canilla parece abrirse, el símbolo, al precipitarse hacia el papel o la pantalla, encuentra en su recorrido un nudo, un amortiguador, un cuello de botella. El símbolo permanece un rato en esa oscura sala, aguardando a que se le asigne una palabra. De pronto se da cuenta de que no está solo. Otros símbolos van entrando y tomando asiento a su lado, y resulta que al final de la tarde hay más símbolos en la sala de espera que palabras en el papel.Ahora bien, ¿por qué será que no puedo arrojar las palabras y pierdo tanto tiempo pensando en ellas que abandono el símbolo, y lo dejo añejarse hasta desaparecer?
Este es el núcleo del dilema.
Este texto se acompaña mejor con “Shaking paper” de Cat Power >>>
5 de agosto de 2007
Palabras como cajas (2da. parte)
Foto: Delire LucideSentados en un palco de la Ópera de París, a supuesto resguardo de los ojos del fantasma, Cristina Daé se atrevió a decir, presa del rubor y tras besar al vizconde de Chagny: “Si no le amase a usted, no le daría mis labios”.
Si pretendiésemos aplicar hoy esta línea de diálogo en una situación cualquiera de nuestra cotidianidad, más aún, si quisiésemos utilizarla en circunstancias similares a aquella donde la cantante suponía que sólo por besar la boca de Raúl a este no debían quedarle dudas de su sincero amor, seguramente rayaríamos un ridículo espantoso. La razón es sencilla: Gastón Leroux escribió “El fantasma de la Ópera” en 1910.
Podemos pensar que por entonces aquellas palabras describían cabalmente el modo de conducta entre una doncella y un noble muy jóvenes y muy enamorados. Hoy no lo hacen, entre otras razones, porque un beso, sea "en los labios", sea apasionado, no constituye un indicio fehaciente de la existencia de un sentimiento conmovedor. Es decir, hoy elegimos distintos gestos y palabras para expresar iguales cosas.
El lenguaje es una herramienta al servicio del Hombre y no debe quedarle más remedio que adaptarse continuamente a las necesidades y aptitudes actuales de comunicación. No al revés. El Hombre no debe verse subyugado a los usos que se supone deben dársele al lenguaje.
La razones por las cuales varía el caudal de significados que rellena tales o cuales palabras deben buscarse en el mutable mecanismo histórico por el cual los hombres piensan y sienten de modo distinto y hurgan por nuevas formas para expresar su interioridad y visión del mundo en las diferentes épocas; cambios que le permiten mantenerse en movimiento, constituirse en un ser nuevo cada vez y, además, salvarse de sí mismo.
Palabras como cajas (1era. parte)
Sentados en un palco de la Ópera de París, a supuesto resguardo de los ojos del fantasma, Cristina Daé se atrevió a decir, presa del rubor y tras besar al vizconde de Chagny: “Si no le amase a usted, no le daría mis labios”.
Si pretendiésemos aplicar hoy esta línea de diálogo en una situación cualquiera de nuestra cotidianidad, más aún, si quisiésemos utilizarla en circunstancias similares a aquella donde la cantante suponía que sólo por besar la boca de Raúl a este no debían quedarle dudas de su sincero amor, seguramente rayaríamos un ridículo espantoso. La razón es sencilla: Gastón Leroux escribió “El fantasma de la Ópera” en 1910.
Podemos pensar que por entonces aquellas palabras describían cabalmente el modo de conducta entre una doncella y un noble muy jóvenes y muy enamorados. Hoy no lo hacen, entre otras razones, porque un beso, sea "en los labios", sea apasionado, no constituye un indicio fehaciente de la existencia de un sentimiento conmovedor. Es decir, hoy elegimos distintos gestos y palabras para expresar iguales cosas.
El lenguaje es una herramienta al servicio del Hombre y no debe quedarle más remedio que adaptarse continuamente a las necesidades y aptitudes actuales de comunicación. No al revés. El Hombre no debe verse subyugado a los usos que se supone deben dársele al lenguaje.
La razones por las cuales varía el caudal de significados que rellena tales o cuales palabras deben buscarse en el mutable mecanismo histórico por el cual los hombres piensan y sienten de modo distinto y hurgan por nuevas formas para expresar su interioridad y visión del mundo en las diferentes épocas; cambios que le permiten mantenerse en movimiento, constituirse en un ser nuevo cada vez y, además, salvarse de sí mismo.





